dijous, 14 d’abril de 2011

El patriarca Ribera y los moriscos (Levante-EMV)

José Luis Villacañas

Tras Muro de Alcoi, poco antes de llegar al barranco del Clariano, en la carretera que lleva a Vergel, había antes una puerta que trazaba sobre el asfalto el ojo de un viejo puente. Era un lugar simbólico. Cuando cruzaba esa puerta, el viajero tenía la conciencia de entrar en un sitio secreto. Luego se avanzaba entre los pinares, olivares y cerezos del valle de Planes. Era otra tierra. Como tantas otras cosas simbólicas, aquella puerta ha desaparecido con la autovía. Cuando se llega a Benimarfull, todavía se siente el vértigo de la velocidad. Es como si hubieran acercado esta tierra morisca a la civilización y tú, curiosamente, tardaras más en encontrarla. Por eso uno se inquieta hasta contemplar a lo lejos Margalida, o más empinada, Catamarruc. Entonces sabes que ya estás en medio del paraíso de paz, de verdor y de reposo que buscas. Este año, con tantas lluviaa y este calor anticipado, la retama era ingente, con sus plurales tonos amarillos. El monte bajo brillaba espléndido.
Fuimos como siempre de excursión hacia Alcalá, el viejo territorio de Al-Azrach, el orgulloso rival de don Jaume, obstinado y fiel en su resistencia. Por doquier, restos de casas moriscas, muros deslomados en medio de las zarzas, humildes apriscos en las altas laderas, esparcidas sus piedras. Y hasta donde alcanza la vista, siempre allí, las terrazas allanadas a lo largo de los siglos. Muchas ahora apenas acogen los tocones de algunos cerezos, los milagrosos brotes de almendros leñosos, los hilos de piedras sepultados en el esparto o en las esparragueras. Uno no puede ni imaginar el intenso trabajo humano que aquella cultura y aquella raza, que la ignorancia juzga de invasores, dejó sepultado en esta tierra. Ahora, cuando siglos después se contempla este paisaje, uno ve todavía a esos humildes moriscos, como si imaginara esta tierra prístina, en plenitud, sin rastro de abandono, recién salida de su esfuerzo, esmaltada en el sudor.
Sí, he pensado mucho estos días en aquella fecha de 1609. En realidad, he tenido que pensar en el patriarca Ribera, de cuya muerte se cumplen ahora cuatro siglos. Lo he hecho con motivo de una exposición que se puede visitar en el Colegio del Corpus Christi, cuidada con esmerada sabiduría por Daniel Benito y con fotos espectaculares de Mateo Gamón. Ribera, hay que decirlo, no tiene buena fama entre la progresía valenciana. Fuster le colgó el sambenito de castellano invasor que había acabado con los erasmistas valencianos. ¡La miopía de Fuster! En realidad, el viejo patriarca murió deprimido por haber cumplido la orden regia de la expulsión de los moriscos. Era la señal inequívoca del fracaso de su vida como pastor y como obispo. No debemos ser crueles con Ribera. Podemos hacernos cargo de su dolor. Ahora, mientras recuerdo el paseo por la tierra que los moriscos humanizaron con su trabajo, y la veo más abandonada que ellos la dejaron, como si la huella de su ausencia se resistiera a desaparecer, comparto esa tristeza. Y con motivo. En un instante de ese día de domingo, miro al cielo. Los hidroaviones remolineaban sobre nuestras cabezas. Sin duda, iban al pantano de Beniarres. Luego, la noticia. Más de mil hectáreas abrasadas en Benicolet. Podemos comprender el dolor del patriarca Ribera. Echó a muchos que amaban esta tierra. Ahora, nunca sabremos hasta dónde llega la pulsión de los incendiarios.
Al regreso, no quisimos tomar la autovía demasiado pronto. Y lo agradecimos. Al paso por Muro de Alcoi, recordamos lo que ya sabíamos. El 17 de abril se inaugura en la villa un nuevo congreso sobre las posibilidades económicas y sociales del minifundismo. Sin duda, muchos pensarán que Muro se entrega a la moda del gusto por lo pequeño que inventara E. F. Zumacher en los años 70. Nada más lejano de la realidad. El minifundio es la esencia de la economía morisca y no es un azar que la iniciativa venga de Muro, un municipio ejemplar en varias cosas. Y quizá los valencianos, en este año dedicado a Ribera, puedan reencontrar ese alma que todavía guarda el secreto de la tierra, la única que puede salvarla del desconcierto y la disolución. Quizá este sea el valor de compartir el intenso y humano dolor final del patriarca, a los cuatro siglos de su muerte.

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